Albalat

Albalat es un tesoro. Para mí lo es. Y para los que llenan a diario su amplio salón también. Y para los que alborotan su barra, también. Pudiera ser que seamos muchos los equivocados, pudiera ser. Pero más bien parece razonable pensar que somos legión los que festejamos que exista un restaurante como éste (con acento en la e de excepcional). Por muchos motivos. A cada cual más tesoro.

¿Por dónde empezar? ¿Cuál de sus méritos destacar primero? Me van a permitir que comience por lo que no se come. Quizás esto esté fuera de carta, quizás a los muchos de los que comen en Albalat no les interese, pero a mí me emociona tanto como el pastel de zanahoria y nueces. Y, ya que estamos en la confianza que nos tenemos, gentil lector, le diré que aún más. Más. Mucho más. El primer tesoro que les corona es el trabajo. Pero no el trabajo desnortado y baldío. El trabajo como fruto de la voluntad pero también de la inteligencia. Nada admiro más que un restaurante a reventar donde todo funciona con maquinaria de reloj suizo. Nada tan grande como un barquito en la tempestad cuando en el puente de mando está un capitán de altura. Aquí ese capitán se llama Manuel Espada. Toda la vida entre fogones y con algo más de ilusión que un niño chico; desde los ya lejanos tiempos del mítico Figón de Eustaquio hasta el día presente. Cocinero por la gracia de Dios (y la suya propia que también sospecho abundante). Y ahí sigue, metido en harina de cabo a rabo. Quemándose los bigotes. ¿Les parece que exagero? Pudiera ser. Pero entre que sí y que no, yo me quito el sombrero ante un hombre que ha hecho, todos y cada uno de sus días, de su trabajo un arte y de su arte una sonrisa.

Segundo tesoro. Juan Miguel Palacios, Mejor Cocinero Joven de Extremadura 2017 según la Academia Extremeña de Gastronomía, que algo sabrá de todo esto. Por si hubiera miedo al futuro. Y, por supuesto, la muy numerosa tropa (en perfecto orden de revista).

Y luego, y además, y tercero, se come maravillosamente. Barra y terraza para los aficionados a las tapas. La última vez que estuve tapeando allí fue cuando los toros de mayo. Pulpo y albariño (alguna foto de aquello les dejo también en la galería de la edición digital). Y gente, mucha gente. El bullicio que preludia el aplauso. Y, por supuesto, para los de comer sin mermas, un salón comedor muy grande, pero que, al presentarse en ele, resulta al tiempo acogedor. Buenas vistas y mejores atalajes que las mulas de los cuatro muleros. O sea, bien enjaezadas las mesas. Un salón de esos que te hace sospechar que la dolorosa hará bueno su nombre.

Pues no. Y ése es el cuarto tesoro. Tan sorprendente como todos los anteriores, y quizá, fruto de todos los anteriores. En Albalat he comido a la carta, precisamente en feria, magníficamente. Y a la carta pueden ustedes comer si se les tercia. Pero de lunes a viernes tienen a su disposición un soberbio menú por quince euros, bebida incluida. Y aquí sí que les ruego toda su atención. Tomen nota. A escoger entre seis primeros, ocho segundos y otros seis postres. Todos postineros. Servido con todo lujo y entre detalles de comedor de campanillas. ¿Resultado? No hay billetes a diario. Pude, gracias a que llegué a la una y media, doblar una mesa reservada para las tres, gentileza que agradezco. En fin, hay que ser muy artista para dar de comer así por ese precio. Y muy trabajador. Y miren, ya puestos a repartir piropos, muy torero.

En mi caso: pastel de perdiz de aperitivo, judiones a la marinera para un cuchareo imperial, merluza en salsa verde de toma pan y moja como plato principal y pastel de zanahoria y nueces de postre pitiminí. Vino de la casa, de Bodegas Coloma, y tracatrá. Quince euros. Ahí queda eso, a ver quién lo supera. ¡Tracatrá!

Este artículo fue publicado en el Periódico Extremadura por nuestro compañero académico Fernando Valbuena el pasado 14 de diciembre de 2018.



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