La Milanesa

La Milanesa es, en Mérida, una opción razonable. Quizá no sea territorio gourmet, pero resulta una propuesta a tener en cuenta por varios motivos. Quizá ninguno excepcional pero, tomados en su conjunto, bien pueden depararnos una grata experiencia culinaria.
Vayamos por orden. De todo y por su orden, que diría Don Felipe Benicio.

Primero, un local más o menos en condiciones, decorado al modo tradicional, o sea, de cuando antes de la invasión sueca. Con todos sus archiperres, mantelitos y demás. Quizás algo oscuro y, quizá, con algún olor de más en danza. En realidad, esa zarabanda de humos, apagó algo la satisfacción general. Un local, por cierto, al otro lado del Guadiana; hecho que quizá para los turistas pedestres sea un contratiempo y para quienes circulan en coche una ventaja.

Dicho lo primero, diré lo segundo. Precios contenidos. No hay plato de carne, por ejemplo, que pase de los veinte euros. Y así en general. Circunstancia ésta que permite que el local tenga una nutrida clientela a diario. Siendo jueves, más de diez mesas. Un poco de todo. Comidas de trabajo, preferentemente. Es un sitio de esos a los que puedes llevar a un cliente o a un proveedor sin que el bolsillo sangre en demasía y sin tener que pasar por la penuria de invitar a un mondo menú del día.

En cuanto a la carta, un tanto corta. No se vislumbran elaboraciones complejas, ni tampoco presentaciones relamidas. Bote pronto, las fotos que les dejo quizá se les asemejen más a los rotundos menús del día de siempre. Si lo que usted busca es algo sorprendente, el vellocino de oro de los yantares, no es su sitio. Si lo suyo es un buen arroz o una buena carne, probablemente acierte. Los arroces de La Milanesa tienen cierta fama. No sé si justa o no, no pude probarlos. La ración mínima que se sirve es para dos, y, a pesar, de que peso cual dos, el camarero no consideró conveniente que me pidiera un arroz para dos. ¿Debía haberlo pedido? ¿Quebraba así la manera que tengo de pedir y luego contar? Ya saben, un solo primero, un solo segundo, un solo postre. Ahora, cuando esto escribo, por un instante, fugaz instante, he dudado si hice bien o hice mal. Lo cierto es que en carta aparecen muchos arroces y paellas: con bogavante, de marisco, negro,… de bacalao, de rabo de toro,… con liebre, con costillas,… paella mixta, con verduras, con pollo,… en fin, si van, me lo cuentan.

La toma de la comanda fue más confusa que la de la propia Bastilla. El camarero, tan agradable como oscuro, me ofreció varias jangás fuera de carta. Y como soy de dar por bueno lo que me ofrecen, y de confiar en que lo que me ofrecen sea lo bueno, acepté unos calamares rebozados de primero. ¡Vive Dios! ¡Ay de mí! Los calamares flotaban en un mar oscuro de setas en salsa (aún más oscura). Nadie me avisó de tamaño contubernio. Pero, en honor a la verdad, diré que se ofrecieron a cambiarme el desaguisado. Renuncié. Soy más bien de comérmelo todo.

De segundo quise pedir la milanesa que con salsa alioli ofrecían en carta por el muy ajustado precio de diez euros. Y aquí se armó el belén. En la conversación no llegué a enterarme si era milanesa, escalope, plato de pasta u otra manduca. Para que el diálogo no pasara de terneras a besugos, utilicé el comodín del entrecote. Muy bueno. Con sus patatitas y su buen rollo.

De postre, tiramisú, para que se vea que le cuadra lo de restaurante al uso. También bueno. Y el vino. Una copita de Arnegui Crianza del 15. Nada más propio para un restaurante tradicional, un rioja que lo parece; un clásico apto para dentelladas de placer carnívoro a un precio (en bodega) de menos de seis euros la botella. La copa, dos treinta en La Milanesa, Mérida. Y ya saben, no dejen de probar los arroces. Y si el amor les es esquivo, contraten uno. Aunque solo sea por los arroces.

Este artículo fue publicado en el Periódico Extremadura por nuestro compañero académico Fernando Valbuena el pasado 4 de enero de 2019.



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