Succo

Plasencia sobre el Jerte. Plasencia detenida en sí misma. Pasearla por puro embeleso. Plasencia tiene ya, al menos para mí, la amigable dulzura de volver a ella. Del Hotel Alfonso VIII a la Plaza Mayor, Calle Talavera. Plasencia aún tiene el hálito de un mundo pasado que se nos va. La Calle Talavera, por ejemplo. Plasencia aún vive con hechuras de pueblo que es tanto como decir con hechuras de hombre. Las calles aún señalan el destino. Calle Talavera, Calle Trujillo. Y el encuentro, siempre, en la Plaza Mayor. En la calle Sol, donde arranca, hay una mercería, entro por costumbre a comprar lo que no necesito, una cinta o una borla, solo por entrar. Nada más que por entrar, por decir hola y beberme el buenos días. Una gorra campera en la Calle Talavera. ¿Qué será de nosotros cuando en la Calle Talavera no vendan gorras camperas? Un libro en la Calle Zapatería. A la catedral y vuelta, al ayuntamiento. Y el mercado, ay… el mercado. Dijo Joselito que quien no ha visto toros en El Puerto no sabe lo que es un día de toros, y yo digo: quien no ha visto un día de mercado en Plasencia no sabe lo que es Extremadura.

Lo entrañable no quita lo valiente. Plasencia se me resiste (o mejor diré que se me resistía). He querido glosar en estas páginas su buen yantar y por dos veces he pinchado en hueso. Dicho en román paladino, dos veces he comido mal. Mal entre nobilísimas piedras, mal tirando de menú poligonero. Mal hasta que he comido bien. Es cierto que la dicha en la casa del padre es mucha cuando se descubre un sitio nuevo donde se come fenomenalmente, pero, en ocasiones, para no errar el tiro, conviene volver a los clásicos. Como en cuestión de novelas.

El Succo, en la Calle Vidrieras, a pie de plaza Mayor, es ya, por derecho, un clásico placentino. Sin alharacas. Sin tropiezos. Y se agradece. Una calle estrechita, algo oscura, a dos pasos de los bares de la plaza donde tomar el aperitivo de antes. Aunque de aperitivos Succo va fino. La ropa vieja que me sirvieron vale por toda una comida. Qué maravilla la ropa vieja, qué quijotesta, qué de verdad, qué española, qué humilde y qué sabrosa. De diez. Como para volver mil veces. De primero me ofrecieron boletus con foie; el foie lo esperaba más nutricio, al final quedó en un eco lejano de foie entre un mar enbravecido de boletus. Pero bien. De segundo un lingote de cochinillo. Lo del lingote ya saben ustedes que es un socorrido recurso para ofrecer asados donde no es posible asar como Dios manda. Pero bien. Dios es exigente, mas, de vez en cuando, come cochinillo confitado con texturas de manzana. Y, ya puestos a la lucir creatividad, el postre resultó ser huevillos en leche de coco con espuma de canela y mango, vulgo repápalos. Con el mango me pasó como con el foie. Pero bien. Aunque cuando se habla de repápalos es inevitable recordar los que prepara Manuel Espada en Cáceres. Pero bien, muy bien. Dulcísimo punto final. Muy bien atendido. Juan Pedro Plaza comiendo allí con los de la Denominación de Origen Pimentón de la Vera, y tres o cuatro mesas más de gente experta en comer por el medio. Precio ajustado y, si se me permite, un solo pero, el que el comedor no tenga luz natural. Por lo demás entra entre los restaurantes punteros de Extremadura. Magnífica impresión general.

Luego un cafelito en la plaza; al segundo intento, porque, al primero, tres camareros no fueron suficientes para que al menos uno le preguntara a este orondo sujeto, después de cinco minutos acodado en barra, qué quería. Cosas que pasan por estos andurriales nuestros. Pero bien. Esta vez no fallé el tiro. Deseando volver a Plasencia, a sus calles … y a Succo.



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