ÁBAKO

Miren ustedes por dónde,… Villanueva de la Serena. Yo he sido más de comer en Don Benito. Por ser, he sido más de parar en Don Benito. Villanueva siempre ha tenido para mí algo de otra orilla. Triana, San Roque, Villanueva de la Serena. Pero no todo es para siempre y, en cuestión de restaurantes, las cotizaciones bambolean. Así que, detrás de un soplo (casi vendaval), me presenté en Villanueva. La vi embellecida y limpia. La gente iba endomingada (lo normal siendo Jueves Santo). Todo a favor de obra.

Pedro de Valdivia mira a Ábako. Pudiera mirar también a Santiago de Chile, pero para tener certeza de ello carezco de medios y aún de inteligencia. Discernir lo primero no requiere de demasiadas sesuras. Si atracan su velero en el parking que hay junto al Ayuntamiento, en la Plaza de la Constitución, estarán a tiro de piedra entre el ilustre conquistador (fundador y demás) y el restaurante bandera del que me permito hablarles. O sea, en el centro comercial y administrativo (y culinario) del municipio.

El restaurante Ábako es un sitio amplio, luminoso, moderno, bello,… y de estreno. La calle Alonso Muñoz es una calle estrechita y parece una calle estrechita de pueblo; pero al chocar con la calle Carlos Santa María se hace la luz y deslumbran las hechuras de Ábako. ¿Diseño es la palabra? Uno de esos sitios casi todo comedor y solo una barrita auxiliar para que no falte de nada. Uno de esos sitios con bodega climatizada entre paredes de cristal para gustar y hasta epatar. Uno de esos sitios donde el mingitorio escupe un chorrito de agua cuando te retiras. Uno de esos sitios para familias bien, empresarios bien y políticos bien. Con su puntito jolivudiense, pero bien.

Escogí un oporto // Estaba tan excitado por tantas bondades que, de entre la extensa carta de vinos, escogí un oporto (Bulas Tawny Crianza). Aquello me pedía dulzuras. La excentricidad causó ciertas turbulencias hasta que apareció la botella, pero apareció y fue, por supuesto, una dulzura. Magnífica carta de vinos. Bien también la carta de platos, tanto en su presentación como en su contenido. Imaginativos en la descripción de los platos, tal y como hoy se estila, pero sin caer en los ridículos excesos que tanto nos abochornan.

Comprobado que no faltaban los platos de cuchara (judiones con perdiz), como siempre, me dejé guiar por el maitre (otro que saca nota alta). Visto lo sospechoso del bulto que yo era, me ofrecieron las vieras asadas con alcachofas y la lechona confitada con verduritas. Las vieras resultaron bellísimas en el plato y delicadísimas entre las fauces. Las alcachofas también. La lechona bien, gracias.

Dicho todo lo anterior me atrevo a reseñar algunos detalles, no tanto por su extrema importancia sino con deseo de perfección. Uno, que ha sido profesor, tiene tendencia a pedir más a los que pueden dar más, a los alumnos más prometedores. Y, dando por cierto, que Ábako ha venido para ser la referencia indubitada de la restauración en las Vegas Altas, digo que las vieras eran delicadas hasta resultar algo insípidas, que la piel del asado no crujía ni resultaba tentadora de morder y que alguna de las muchas camareras está verde verdísima (para la categoría del establecimiento). Dicho queda.

Al final se llenó. Gente bien, pero tirando a joven. A esa edad del triunfo y de la vanidad, niños con y sin carrito, parejas de parejas, guapos y guapas, y la abuela sacada a paseo para que pueda darle fuego a la cartera.

Un buen postre, chocolate y helado, y para casa. Antes, por supuesto, otra pasadita por los excusados para disfrutar de tan simpático, y ya antes citado, mingitorio. Solo faltaban las toallitas de algodón y la Colonia Álvarez. Por lo demás a entera satisfacción (o casi). Sinceramente, enhorabuena. Y a perseverar, porque el camino elegido es el camino más difícil.

Agradabilísima sorpresa en las Vegas Altas.

Este artículo fue publicado por nuestro compañero Fernando Valbuena el pasado 6 de abril de 2018 en el periódico Extremadura.



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