Izarra

En la casa del padre hay más alegría por uno de estos que por cien de los otros. Humildes casas de comidas, limpias y bien servidas, que me causan un hondo estremecimiento.

Restaurante Izarra en Coria, por ejemplo. ¿Es el suyo el mejor menú del día de Extremadura? Pongamos que en Extremadura hubiera mil restaurantes de menú del día. No los he probado todos y, si algún día llego a probarlos, después de tal atracón, no creo que estuviera en condiciones de decir cuál fue el mejor. Pero del de Izarra no creo que me olvide.

Lunes, Coria. Los que van por delante están cerrados. Otra vez será. Pero, en tanto van abriendo, hay que comer. ¿Izarra? ¿En el polígono? Frente a Excavaciones Benigno Martín, entre Félix Solís Distribuidor de Vinos y Carpintería Montaex. Poligonero. Bien, mal o regular,… tal cual tengan ustedes por conveniente. Furgonetas, mercedacos,… a la puerta de todo un poco. De entrada, bien.

Gente comiendo en mesas apretadas junto a la barra. Reventón. Simpatía en el camarero que guarda la puerta. ¿Hay sitio? Dos y media y la sala llena por entero. De los que van llegando los más se van. Me dicen que, si aguanto, para las tres me hacen un hueco. Tapita de muslitos de pollo y calamares rebozados, todo en el mismo platito, sin reparos ñoños. Agua con gas no hay; debo ser el primer excéntrico que pide semejante fruslería. La gente sigue entrando (y saliendo). Van y vienen, trasegando. Mientras, veo (y oigo). Y leo. En la carta, junto al menú de diez euros, se ofrece un menú de sidrería por 24; ya saben, puerros, pimientos asados, tortilla de bacalao, chuletón, postre, café y chupito (sin bebida). Por un momento me creo en Astigarraga. ¿Será cierto? Sale el macareno de cocina y, a los que ocupan la mesa más cercana a la barra donde me acodo, pregunta si va echando el chuletón a las brasas. Coria, Astigarraga, dehesas, mares y montañas a pie de polígono.

Cuando van a dar las tres me invitan a pasar al comedor. Diez mesas más o menos. Trabajadores de uniforme, familias de paisano. Algún señorito por los paños que luce. Cuando en un restaurante hay familias veteranas, abuelas en el paquete, la calidad parece asegurada. Siete primeros y siete segundos. El arroz de setas e ibéricos se ha terminado. Seis primeros. Y en esto llegó el acabose. Sopa de patatas.

Me la recomendó el que parecía el dueño (el macareno de antes). Le pregunté por lo del menú de sidrería y me dijo que él había nacido en San Sebastián, pero sus raíces eran extremeñas y que la sopa de patatas estaba muy buena. De lo primero no aportó certificaciones, pero del tronío de sopa patatas dejó pruebas irrefutables. Un plato de cuchara, cucharón y olé. Verato, extremeño y olé. Humilde, soberbio y olé. Como para levantarse y decir: ahí queda eso. ¡Ole! Porque no hay casa de comidas que merezca tal nombre, que alcance la gloria (al menos la gloria de mi paladar), que no tenga de primero un plato de cuchara caliente, sabroso, y que con él nos devuelva el gozo de los pucheros de la tierra que pisamos. El resto es siempre añadidura.

De lo demás dejo constancia en la galería de fotos. La lubina, bien. Y el lomo de bacalao que pasó por delante de mis ojos (camino de otra panza) me dio buena espina. Por lo demás, todo lo que se puede esperar en un lugar así,… vino tinto de tralla, chorretones de vinagre de Módena y bote de natillas a tutiplén.

Mientras esto escribo oigo a Pepe Blanco, aquel flamenco postinero. Carretero y taxista que fue. Chuleta, farolero y bien «plantao». Estoy seguro que a él también le hubiera gustado el trajín castizo de comer en Izarra. Diez euritos, con café y chupito.

Este artículo fue publicado por nuestro compañero Fernando Valbuena el pasado 23 de marzo de 2018 en el periódico Extremadura.



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