Llano Tineo

Llegué de noche y los gatos eran pardos. Despertar viendo la cumbre nevada del Almanzor me removió las entrañas. La vieja historia del hombre pequeñito y la montaña gigante. La montaña, las gargantas, los arroyos… La Vera. Villanueva de la Vera.

En Villanueva las capas lucen botones charros y, sin embargo, a Salamanca solo se puede ir por Ávila o por Plasencia. La Vera es un tubo largo y la perenne tentación de atravesarlo a pie. Jaraíz, Cuacos, Jarandilla la imperial, Losar, Villanueva y, al fondo, Madrigal. A un lado Tornavacas, el camino difícil, el pálpito de los caminos quebrados y andariegos, y, más allá, como una promesa, la certeza de que, andando y con fe, se llega a Laredo. Al mar que todo lo lleva y todo lo trae. Pero aquí las capas lucen botones charros y, en la plaza de Villanueva, se anuncia el cine de Candeleda.

Vine a Llano Tineo por un soplo. Los soplos soplos son y se los lleva el aire. A veces se comparten, se celebran, y otras fallan como las escopetas de feria. ¿Recomendar?, nada más lejos de mi intención. Recomendar es siempre un enredo. Dios nos dejó dos orejas y una sola boca para oír el doble de lo que hablamos. Oír sí, y lo que tenía oído era como para levantar la liebre. En mi modesta opinión, opinan bien.

Hotel Llano Tineo, a unos dos o tres kilómetros del caserío de Villanueva, en un entorno bucólico. La casa, hotel, de nueva factura, bien pudiera llevar allí desde cuando se levantaron las montañas; y eso ya tiene mérito en una tierra donde cualquier descerebrado pare (de parida) impunemente abortos de ladrillo en lugares que deberían ser sagrados para todos. Bien el hotel, bien la habitación,… uno de esos sitios que llamamos con encanto. Mecedoras y libros,… piedra y madera. A desmano de casi todo, en el tubo largo de La Vera, tan en paz que, ahora que lo rememoro, quisiera volver a la placidez de sus estancias.

Un comedor abierto al prado, las higueras y, como no puede ser de otra manera, a la hilera de cipreses que bordea el camino. Un comedor con todos los archiperres de casa bien: doble mantel, blanca vajilla, el crepitar de la madera en una bellísima chimenea y, el barrunto, de que no se debe comer mal. En paz bajo el Almanzor.

Dos extranjeros vestidos de cazadores de cabo a rabo; por medio el puñal de desollar. Una pareja mixta, de hombre y mujer, de blanco y mulata, de joven y maduro. Un matrimonio de Tenerife, huido del Carnaval. Y otra vez la sensación de estar en paz.
¿Se puede en Extremadura comer como en Bilbao? Tenía mis dudas. Ya no. En Llano Tineo se puede. Al menos yo comí, y si comen lo que yo comí, comerán como en Bilbao. La lubina a la bilbaina me estremeció. Me trajo las galernas de los mares de Laredo, de Guetaria y de Lequitio. Luego me enteré que los dueños vienen de Zarauz. Vale también Zarauz. A la bilbaina, así, trisílabo y sin acento, como nos gusta a los que escondemos las ideas bajo txapela azul Bilbao y como le gustaba a don Miguel. Y ojito con el corrector, no sea que nos fusilen al bilbaino (sin acento).

¿Lo demás? Medio bien los pimientos rellenos de bacalao. Una gozada tener en carta goxua, el postre del que alardean los babazorros, y otra, otra gozada, disfrutar de una pantxineta de nota. Cené con el recuerdo, en paz, la mejilla caliente de leña ardiendo, y atendido con cariño que no creí fingido. Despaché un humilde benjamín 1551 de Codorniú, porque el cava para cenar en paz o en guerra de uno contra una, no tiene par. Y mientras brindaba por el Peropalo reía contento al saber que Bilbao ya no queda tan lejos.

Este artículo fue publicado por nuestro compañero Fernando Valbuena el pasado 23 de febrero de 2018 en el periódico Extremadura.



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