Madruelo

El volumen es al plato lo que la lencería al coito. Un soberbio guiso de alubias de Tolosa resulta, a primera vista, antipático si no le asoman unos muslitos de algo. El volumen resulta excitante (y bello). Un plato alza el vuelo si se eleva sobre la llanura de lo simple. Y en Madruelo le tienen querencia a la jugada. Allí todo tiene su vuelo (salvo la tapa de patatera con miel y, a buen seguro, están en ello). Hasta la tapa de queso, cuatro canicas, se presentaban dos tumbadas y dos enhiestas. Lo dicho, pasión por el volumen. Obsesión, diría mi amigo y sabio gourmet, Paco Martín Giraldo. El volumen, un recurso facilón, sí, pero lo más facilón (y lo antipático, sin duda) es no recurrir a él.

Madruelo está en la parte vieja de Cáceres. Calle Camberos, a un paso de la Iglesia de Santiago de los Caballeros. Está donde tiene que estar. En su sitio. En calma. No me gustan los berrinches. Los que me tomo cuando la gente berrea. Lunes, Cáceres en paz. Un local en condiciones, clásico, techos abovedados, su puntito casa solariega, limpio, de siempre, para casi siempre. En calma, y en cierta penumbra cómoda y apacible. Y el chapoteo del agua al caer en el vaso. Prueben a escucharlo. Es la señal inequívoca de las grandes jornadas. El estremecimiento de lo que está por venir. O no,… que todo puede ser.

Carta correcta, precios correctos. Me ofrecen el menú. No le llaman degustación, que es como llaman ahora a los menús donde no hay nada que escoger. Ya saben, un menú de carretera son ocho primeros y ocho segundos… a elegir. En los sitios finos solo uno. En este caso, «Menú 1, clásico Madruelo». No tuve noticias de que existiera el «Menú 2». En fin, ¡adelante con los faroles!

Me gustó, y los comentarios a las fotos que de tal menú envié a los amigos más cercanos fueron de general complacencia. Los aperitivos fueron tres tiritos de sabor. El queso, la sopa de tomate y la tapa de patatera con miel. Bellísima la ensalada de foie y carpaccio de retinto. Y deliciosa también. Algo más flojo el bacalao sobre una cama de arroz con boletus. Y tres pedazos (como para gordos) de secreto a las tres mostazas más que correctos. El postre, la tarta Madruelo, otro ejercicio de volúmenes, sin ser nada destacable en sí misma, una sencilla tarta de chocolate, bien vestida, resultaba también bellísima. Bien atendido, el que parecía ser el dueño me dio charla sin ser plasta. Me pareció uno de esos tipos capaz de insuflar su propia personalidad a un restaurante. La otra pata del banco. Porque el arte está en las sartenes, pero también en las maneras del frontman, que dirían los pedantes del rock.

A mi amigo Fernando Franco, que siempre me inquiere por el vino, le diré tomé una copita de Lope de Haro Reserva del 12, un vino que debe tener tan buena distribución como boca. Lo encuentro en casi todas las cartas. Un vino barato, seis siete euros botella, y que sin embargo me resulta agradable de beber: sencillo, elegante y, al fin y a la postre, Rioja. Que me perdoné el río Duero.
No me gusta regalar los elogios. Por treinta y tres euros, Madruelo es una opción superlativa. Un sitio que, sin embargo, debería demostrar su categoría a carta abierta. Buena excusa para volver y descifrar el misterio. De momento, pasa a la final.

Al salir, tomé camino a la Plaza de Santiago, si no fuera por el frío, un buen lugar para un habano. Calle Godoy, Zapaterías y, al final, la calle Sancti Spiritus. Entrar en la Librería Boxoyo es impepinable. Yo solo cazo en las librerías de viejo. En esta ocasión un libro, para mí desconocido, de Wenceslao Fernández Florez. Un libro vuelto a encuadernar. Vuelto a la vida. Ojalá alguien pudiera (y quisiera) volver a encuadernarnos de vez en cuando.

Este artículo fue publicado por nuestro compañero Fernando Valbuena el pasado 16 de febrero de 2018.



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