El Convento

Las montañas nevadas, tan a dos pasos, coronan de gloria la Hospedería. La envalentonaban. Entre ellas y la Hospedería un camino empedrado de castañas. Frío y lluvia,… y todo el misterio del hombre pequeñito bajo la montaña embravecida. En el comedor casi tanto frío como en las cumbres.

En Hervás no se come los martes. Ni siquiera los lunes. De sus restaurantes punteros todos o casi todos cierran los martes (y, muchas veces, también los lunes). Inquiridos por mí los lugareños sobre tal cataclismo culinario se manifestaron, en general, reservados; mas cuando les apreté con retranca y les pregunté sobre si tal hecho era propio solo de los comedores públicos o si, para más inri, la infestación se extendía a los privados, aquí sí, se mostraron, todos ellos, firmemente convencidos de que en Hervás, como en la mayor parte del Occidente cristiano (y judío), se come también los martes.

Así que ahí estaba yo, lanza en astillero, algo desasosegado, martes de hambres hervasenses, también algo descalabrado, sin saber muy bien donde anclar las posaderas. Si esto te sucede en otro lugar de Extremadura menos fortificado que Hervás en la re coquinaria, diríase en extremeño que jocico. Pero Hervás es una villa sobrada de lugares donde comer, muy por encima de lo que pudiera esperarse de su menguada población. Excepción, hecha está, al parecer y a mi pesar, de los martes (y los lunes). ¿Dónde comer un martes en Hervás? Los restaurantes de los hoteles no suelen ser nunca una primera opción. O casi nunca. Pero en eso recordé haber comido varias veces en la Hospedería y haber comido bien.

Restaurante El Covento. Hospedería de Hervás. Patio con estanque. Rincón de Víctor Chamorro. Paz. Nadie, salvo el mucho frío, en el comedor. Un buen motivo para cerrar los martes. Carta y dos menús, uno por quince y otro por treinta. Quizá debiera haber pedido el de quince. El de treinta, con su aperitivo, sus dos primeros y sus dos segundos, uno detrás de otro, tuvo altibajos. El frío, por el contrario, se mantuvo constante. El primero (de los bajos) ocurrió cuando, tras un aperitivo de berenjenas en tempura y una ensalada de queso con crema de mango, tuve que ausentarme disimuladamente para trincar del coche lana suficiente con la que mitigar el frío. Tuve mis dudas; pudieran pensar que me iba sin pagar. Por eso procuré sacar la cazadora por el lado del copiloto; por si me vigilaban. Es lo propio del mundo rural, aunque tú no les veas ellos te están viendo.

Carpaccio de bacalao. Dos principales. Primero: merluza, ay la merluza…, sobre crema de aguacate. Segundo principal: solomillo de ibérico salteado con boletus. ¡Ay la materia prima! ¡Ay… esa merluza! Hay que cuidar un poquito más la materia prima. Y poquito, en este caso, es un diminutivo cariñoso. Pero era tanto el frío que preferí quejarme de frío antes que de merluza. Los dos estábamos congelados, así que, en orden a salvar primero mi vida, rogué que encendieran la calefacción a riesgo de parecer imertinente. La camarera, atentísima de aperitivo a postre, puso en marcha las calderas de Botero. Ni por esas. Rugían, se estremecían, pero lo único que ocurría es que las masas de aire frío se desplazaban desatadas, unas contra otras, en devastador temporal por el vasto comedor.

Por lo demás, bien (a Dios gracias).

Postre de chocolate caliente, ¿he dicho caliente?, ay…, y helado. Momento, el del helado, en que apareció un gerifalte con mando en plaza al que le oí decir a la camarera, en perfecto castellano, algo así como: «Es el botón rojo,.. el botón rojo» mientras se alejaban buscando la sala de máquinas. Ínterin que aproveche desaparecer. Tras haber pagado, por supuesto.

Por lo demás, bien.

¿Para volver? Por supuesto, pero con abrigo y sin merluza.

Este artículo fue publicado en el Periódico Extremadura por nuestro compañero académico Fernando Valbuena el pasado el 2 de noviembre de 2018.



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