Manró

Corta o larga? He ahí la cuestión. El asunto tiene su miga. Hay menús de carretera con ocho primeros, ochos segundos y ocho postres. ¿Menú o a la carta? Y hay restaurantes de copete, con su estrellita Michelín y todo, donde comes lo que te echan y punto. De ambos dos tenemos en Extremadura. ¿Mejor o peor? Todo depende.

En Manró, por otra parte un magnífico restaurante, solo ofrecen tres postres, a saber, tocinillo de cielo, tarta de chocolate y tabla de quesos extremeños. ¿Corto o largo?

Zafra ofrece al viajero un ramillete de buenas mesas. Más y mejores que en otras ciudades extremeñas de más habitantes y, supuestamente, más parné. Zafra es elegancia. En Zafra todo tiene cierta cadencia. Manró también la tiene. Manró me gusta. Un local tan sencillo como bien vestido. Acogedor, cómodo y, al tiempo, envuelto en galanura. Manró un miércoles no está lleno. Y, sin embargo, pese a todas las dificultades de sostener un restaurante así en Zafra, funciona. Funciona para el comensal que come, y come bien.

Ya saben que no recomiendo restaurantes. Me limito a comer en ellos. Andar y contar que decía Chaves Nogales. Me limito a comer, y, en algunos de ellos, a llevarme la ilusión de volver. Manró, por ejemplo. Me gustaría saber cómo se manejan en días de más jaleo. Una noche de sábado, por ejemplo. Manró, es uno de esos sitios perfectos para invitar a tu pareja una noche de sábado. Luces tenues, manteles de flores,… Es femenino en su decoración. Y en el plato tiene sutilezas de varón gentil y postinero. Tiene sus limitaciones. No escuché nada de un buen plato de cuchara, ni, a la hora del postre, pude escoger fruta. Pero si está usted, amable lector, en amoríos, le será difícil encontrar sitio más pintiparado.

De mi visita saqué la conclusión de que manejan producto de buena calidad. Sólidos nutricios. De aperitivo me sirvieron unos repápalos en caldo de ave. Me gustaron. Muy sabrosos. Tampoco tiene demasiado mérito, a mí los repápalos me gustan empapados en casi todo. Así que, aunque no hubo cuchara, hubo repápalos, que tanto monta, monta tanto.

De primero, y ya que no andaba lejos de Pallares, probé el rillette de ganso de la Patería de Sousa. Alguno me criticará por ceñirme a un modesto descorche de lata, pero a ese alguno le diré dos cosas. La primera que el rillete estaba fabuloso y, la segunda, que me lo presentaron de manera bellísima. Por si los niños menores de edad aún desconocen lo que es un rillete, y solo para ellos, les diré que es carne desmigada, cocida en su propia grasa, y presentada a modo de paté hebroso y blando. Un plato típico de Le Mans que bordan los de Sousa.

De segundo ventresca de atún en una salsa que anunciaban como picante y que no picaba en exceso, o, más bien, y para no mentirles, que no picaba. Para mí la ventresca en su punto, y la salsa, que vagamente me recordada una vizcaína, acompañaba sin enturbiar los sabores del pececillo.

La tarta de chocolate estaba preciosa (en la web les dejo alguna foto). Y rica.

Me alegró encontrar Encina Blanca entre los vinos extremeños de la carta. Una bodega joven que viene a quedarse. Tomen nota del nombre si no lo conocen. Pruébenlo si no lo han probado. Pronto, cuando se hable de bodegas extremeñas habrá que hablar de estos vinos alburquerqueños. Me lo sirvieron por copas. Probablemente tres euros con noventa no sea precisamente barato para la mayoría, pero también hay que destacar el gesto de servirlo por copas. ¿Caro o barato?, otro sesudo debate.

Antes de irme pregunto ¿por qué Manró? «En romaní, manró es pan, caballero.» Suena bien. Manró, seguramente de lo mejor de Morachandé, ya saben, Extremadura en romaní. Manró para la gente de bronce y para los aficionados a comer con arte.



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