Lugaris

Ver y ser visto. O no ser visto. Soberano dilema. Sostén de algunos (y de sus contrarios). Hay restaurantes a los que se va a ser visto. A que se celebre la gloria de darle rumbo al bolsillo. A que el gasto tenga la contrapartida de que se sepa, se cuente y se cante. Y los hay a los que se va a no ser visto. A comer o cenar sin ser importunado, a charlar con la discreción que requieren ciertas conversaciones. Lugaris es uno de estos últimos. Uno de esos restaurantes a los que se va a comer, por supuesto, pero sobre todo, a gozar de comer envueltos en la levedad de cierto apartamiento. De hecho, comer en Lugaris es lo más parecido a comer en casa (si es que en su casa se come de pegolete, claro está), pero servido por camareros.

Tengo amistad con los dueños. Con Javier García, barcarroteño de pro, cocinero con cinco libros a las espaldas, mil veces visto en Canal Extremadura, caballero impulsor de más de una iniciativa solidaria, padre futbolero, y, repito, amigo. Y con Ángel Pereita, nogaleño, rey del vino y el buen trato, de la sala, taurino y, repito, amigo. Vaya esto por delante. Y vaya también que si comer en su casa fuera descalabrante me hubiera limitado a hurtarles a ustedes, amables lectores, la lectura de línea alguna sobre Lugaris.

En Lugaris se come bien. Es un restaurante de altura. De esos que recomiendan las guías. De esos donde te retiran las migas con herramienta ad hoc para tal menester. Y además, o sobre todo, según los casos, donde los famosos comen al amparo de impertinentes de palabra y de obra. Y también gente con mando en plaza que no quiere dar pábulo a que se hable de si pagan ellos o va con cargo a alguna institución, partido o laboratorio, multinacional o no. Porque lo que destaca sobremanera en Lugaris es la disposición de las mesas en un salón como no hay otro en Extremadura (al menos que yo conozca o recuerde). Todas, o casi todas las mesas, comparten un espacio común donde no se cruzan de una a otra ni palabras ni miradas. Un Potosí.

La carta es más bien corta, pero suficiente. La de vinos, por el contrario, es larga y bella. He comido muchas veces en Lugaris, pero ya saben que este baile va de contar lo que se ve, se oye y se traga el día en que la juerga la paga el periódico que ustedes leen. Y en esta ocasión comí en demasía. Comer en demasía no es bueno. Algo apretado abandoné el restaurante. Pero comí bien. Como era obvio a lo que iba, y era obvio que Javier lo sabía, intentó agradar como siempre (y un poco más). Discutimos sobre la comanda y me dejé enredar en dos segundos. Reconozco que me embalo con poco. De obertura (y de regalo) una ensalada de bacalao y pimientos rojos supercalifralispicuespialidosa. O sea, cojonuda. Después carpaccio de presa ahumado con queso. Si se pudiera decir cojonudo diría cojonudo, pero, como no se puede, diré que estaba soberbio. Luego, media de bacalao con alioli, el plato que lleva muchos años abanderando a la casa. Media en la factura, pero, en verdad, entera. No me lo tomé como un soborno. Pero aunque lo hubiera sido, resultó descomunal en boca. Para llorar (de placer). Y si me lo permiten, cojonudo. La paletilla de cordero bien, pero sin más. Y de postre uno de esos platos que Javier ha creado para clientes de copete. En este caso para Soraya Arnelas, pero bien pudiera, y así le animé, hacerlo con otros muchos clientes de relumbrón. Así, entre nosotros, el soraya no me hizo tilín. Bello por fuera, pero algo insípido por dentro. En fin, en cuestión de dulces ya saben que el amor es libre.

No quisiera terminar sin referirme al vino. Sin duda grato. Belmonte se llamaba, un crianza de Ribera del Duero que emparentó gratamente con una comida tan copiosa como placentera.

Este artículo fue publicado por nuestro compañero Fernando Valbuena el pasado 1 de junio de 2018 en el periódico Extremadura.



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